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... SIN DEJAR DE SONREIR ...

Y volver a empezar

Y volver a empezar

Esta mañana de verano atormentado/ me he levantado sin pegar ni un trago… Uno de estos días en los que cuesta, pero realmente cuesta, salir a la calle. Sin motivaciones, claro. “Un día más”, lejos de la simplicidad constante en la que me manejo feliz; es decir, la cervecita de media tarde, la copita nocturna, la charla filosófica de turno y el callado desvelo en el que invento mundos maravillosos.

 

Pero se acaba saliendo, si, por un motivo u otro, a cada cual más absurdo. Te levantas, bostezas, estiras los brazos, miras con asco el despertador, con más asco aun la ropa con la que tienes que disfrazarte y con mucho cariño la almohada que inconscientemente abrazaste la noche anterior. En ese momento, el reojo te traiciona y se posa en el calendario. Tu cabeza nunca ha ido al compás de la realidad, lo sabes, todo se difumina, una sonrisa se escapa y…

 

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… vuelvo a protestar. Ya ni siquiera son palabras, es una especie de gruñido que crece mientras mi cara se vuelve de color púrpura. Pataleo nervioso. Mi madre, en su infinita paciencia, aguanta con estoicidad algún que otro pie enfundado en calcetín nuevo que se estampa contra su pecho. Supongo que pensará que ponerme los pantalones es tarea imposible porque con un resoplido los tira sobre la cama (su cama, en la que estoy al borde del ataque de lágrimas) y se va a la cocina. A los cinco minutos estoy apretando la cabeza contra la almohada, intentando hacerme el dormido y consiguiendo el efecto contrario, despertarme del todo atento a cualquier movimiento. Mi madre me grita para que me termine de vestir y vaya a desayunar, acompaña tan gentil invitación con un nervioso: “o vienes o voy…” y ahora si que termino de despertarme. Desde luego no necesito café para eso, no entiendo porque mis padres si.

 

Ahora estoy en la calle, ya vestido, con mi mochila colgando. De la mano de mi madre voy a mi primera clase de “mayor”. Primero de primaria... jejeje, que gracioso. A mis siete años todo me parece gracioso. Me dicen que soy muy despierto, que tengo mucha imaginación. Estoy siempre leyendo, escuchando historias de mi hermano. Suelo salir a la calle y me invento mundos fantasiosos en un jardincillo cercano a mi casa, una rama es una espada y un arbusto un enorme bosque plagado de monstruos. Esos terribles enemigos no me asustan pero hoy estoy asustado… Un colegio nuevo, compañeros nuevos… siempre me ha gustado estar solo. “Este niño no juega con amigos de su edad”, mi madre, todo el día. “No me gustan”, digo yo. A mi me gusta mi imaginación, mis compañeros de aventuras. La gente de verdad suele ser mala, empujan porque si, no saben leer bien y se ríen de mí porque si sé.

 

Y llego a un enorme edificio. Cientos de niños, que digo cientos, ¡millones! Se empujan unos a otros, alguno cae al suelo y llora. Me da miedo. Aprieto la mano a mi madre y la miro con cara de pena. Ella me sonríe y me deja en la puerta.

 

- ¿Tengo que venir aquí todos los días?

- Si, Manuel.

- ¿Siempre?

- No, cuando seas grande irás al instituto, y luego a la universidad…

- ¿Y luego?

- Pues a trabajar como papá.

- Yo no quiero trabajar.

- Pero para eso falta mucho, tonto.

 

Me deja con un grupo de niños después de intercambiar unas palabras con una señora que me mira brevemente y sonríe, luego me da dos besos y se va. Estoy triste, tengo ganas de llorar porque me quedan muchos años viniendo todos los días a este sitio que no me gusta. Me quedo solo. La señora que hablaba con mi madre ha entrado con todos los niños corriendo detrás de ella… yo no quiero hacerlo. De repente un señor mayor me sujeta por el hombro, me sonríe y me apremia para que entre: “hoy empiezas el cole, ¿no?”. Asiento con la cabeza y ando detrás de mis compañeros, las puertas se cierran y…

 

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… y la voz de tu madre te llama desde la cocina. Apremiándote. Tomas el café con la mirada vacía y una estúpida sonrisa nostálgica en la boca. Antes de salir le das dos besos a tu sorprendida madre. “Ten cuidadito”, te dice. Y sales a la calle.

 

No querías hacerlo, pero no puedes evitar observar a los niños que corren a la escuela, primer día del primer curso. Algunos se retuercen contra las faldas de su madre, otros gritan y saltan. Tu atención se fija en uno, pequeño, con una mochila azul colgando y unos ojos nuevos que no quieren ser estrenados. Los chavales van entrando. Me dirijo hacia el chaval y le empujo suavemente en el hombro: “¿hoy empiezas el cole?”. Asiente…

 

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Y no quieres (no quiero) crecer más.

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2 comentarios

mako -

Acuérdate, de tus tardes de recreo, de tus cromos y tebeos, de las series que se hicieron para ti, de ese erizo que era rosa, tu querías ser ficha roja y tener todas las cosas...
Acuérdate, sólo había dos canales y unos rombos decidían si veías o no veías una peli que tenía 1000 efectos especiales, actuaba un tal Dar Vader y venían de un planeta sideral...
"El mejor olor, el del pan; el mejor sabor, el de la sal; el mejor amor, el de los niños" (Graham Greene)
"Hagamos que el niño que fuimos se sienta orgullo de lo que somos en la actualidad" (Anónimo)
"Somos lo que fue nuestra niñez" (Roberto Dircio)

DuNa -

Ainsss... parece mentira que hayamos crecido tanto desde aquellos años en los que pensábamos que trabajar quedaba muy lejos...
Ahora sólo nos queda descubrir cuándo es la hora del recreo en esta parte de la vida ^_^
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