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... SIN DEJAR DE SONREIR ...

Estado: Trajes y cortinas

Estado: Trajes y cortinas Es curioso lo que puede llegar a representar una canción, un grupo musical o sencillamente una melodía. Os contaré una pequeña historia.  Resulta que yo siempre he sido sabinero. Es un modo de vida. Consiste en tomar como guía de vida el cancionero del maestro Joaquinito. Es sencillo y a la vez casi imposible. Todas sus canciones desprenden un aroma a vejez mal contenida y a amoríos eternos que no duraban nada. Por supuesto es muy… bohemio seguir sus enseñanzas sobre la vida, como no, pero también jode mucho. Durante un tiempo conseguí mi propósito. Paseaba como un alma errante, sin motivo aparente, escribía mucho sobre la absoluta irrealidad que supone el amor compartido. Me “enamoraba” (entre comillas, si) a cada instante, bebía y fumaba como un camionero y solo quería a las mujeres para pasar el rato, aunque me gustaran no iba detrás suya para siempre. Les absorbía la inspiración literaria (gran tesis filosófica de un amigo mío) y las dejaba. 

Pero… ¡vaya por dios! No se me ocurre otra cosa que enamorarme (sin comillas, si). Enamorarme de verdad, no entrar en una especie de obsesión literario-compulsiva por una persona, no. ENAMORARME, con toda la carga aterradoramente perversa que lleva implícita esa palabra. ¿Y bien? ¿Qué ocurre? Pues que después de un tiempo ella me deja, cual colilla maloliente de la que no se puede fumar más. ¿Cómo me quedo? Maestro Sabina, ilústrame.

1-  No debería contarlo y sin embargo... No, no... no estoy enamorado... tengo despecho... tengo odio.2. Puedo ponerme cursi y decir... Carajo, que no, que no estoy enamorado, no me quiero declarar, no quiero ponerme digno... yo ODIO.3. Más triste que un torero... ¡Qué no, por dios! Yo la ODIO, no estoy triste... bueno, un poco. Y así aproximadamente unos 19 días y 500 noches. No encontraba la frase adecuada en el contexto adecuado. No encontraba la melodía idónea. Me sentía herido. Don Joaquín no me iluminaba. Miraba su cancionero como el buen cristiano miraría la historia de Job, preguntándose que a que clase de dios adoraba… De vez en cuando un soplo (no le quedan dos puntos suspensivos) refrescaba mi atolondrado espíritu, pero nada. Mi maestro no me iluminaba. Paralelamente, con las pocas ganas que tenía de vivir… vivía. No era una existencia plena, por supuesto, más bien me desdibujaba como la sombra se desdibuja en una playa de agua clara. Y en esa existencia titilante me dio por escuchar, de soslayo, como lo había hecho hasta ahora, a un grupo que me gustaba pero al que nunca presté excesiva atención: Los Planetas. Una canción suya me encantaba, del mismo modo que me podía encantar en su día La Mayonesa… me parecía graciosa y me animaba. Mas de repente ese día (espero que acabes colgando de un pino) sonaba de un modo diferente, (cuando veas lo imbécil que has sido), la escuchaba y me sentía plenamente (cuando veas que lo has hecho fatal) identificado… me sentía (me he acostumbrado a tus putas escenas) el protagonista… 

Claro, imaginaos mi sorpresa. Por un momento de breve alborozo, de los primeros momentos de aquella etapa de mi vida, creía que por fin alguien me comprendía. Pronto reaccioné y me dije: “no, no olvides que no hablamos de Sabina”. Pero seguí escuchando al grupo un poco más. Escuchando canciones suyas que jamás antes había oído y (con fruta que jamás habías probado) francamente… me entraban ganas de preguntarle a Jota, el cantante, (y dices que tus gustos han cambiado) si conocía a mi ex novia.

 Así que continué buceando por la discografía de Los Planetas: ese grupo gracioso, que yo denominaba de género happy-pop, se convirtió poco a poco en el único que describía mis estados de ánimo a la perfección. ¿Y qué tiene que ver toda esta parrafada con el título del post, os preguntaréis? Bien, el otro día, hablando con un amigo, precisamente con el que me recomendó y me insistió que escuchara a Los Planetas, le pregunté que como se encontraba, ¿su respuesta? “Bueno, un poco trajes y cortinas” … y yo también… 
Trajes y cortinas
cuando estaba a punto de olvidar
los días de la casa de cristal.
 
Polvo en las ventanas 
y las velas amarillas
y las luces que tu hermana nos regaló.
 
Tu cara de satisfaccion
y los muebles del salón.
 
Pelis de vampiros
y fantasmas digitales
brillan de pronto en tu cara como una máscara.
 
Las luces del piso de enfrente
que se encienden y se apagan,
escuchando los discos de Sarah hasta que eran las seis.
 
Bebiendo vino de cartón,
asomados al balcón.
 
Miro en la cocina
o en el supermercado,
y la nieve de este cuarto pide dormir 
 
He esperado a veces
pero ahora estoy cansado.
Sólo espero no encontrarte si estás por aqui
 
Y que no existieras nunca más,
que no existieras más.
 
Y que no existieras nunca más,

que no existieras más.

                                                       Nueva visita a la casa (Los Planetas)
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1 comentario

elhombredelsaco -

No es una situación que agrade pero a veces está bien vivirla, sobre todo cuando estás borracho y llegas a casa. Pero levántate y vive "un buen día", que salvo en un par de momentos habla del positivismo. Que te voy a contar, si somos nuestros respectivos "Erics"
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